Queridos tertulios:
En la última reunión del pasado día 7 de julio se habló de volvernos a ver el jueves 11 de septiembre en el sitio habitual.
Propongo que quedemos a las 21:00 horas. ¿Qué les parece a ustedes?
José Manuel Gómez
La soledad y el portero
A Íker Casillas, con cariño.
Joaquín se acordó, nada más iniciado el juego -y a pesar de que se había jurado que no volvería a caer en las trampas de la melancolía-, de su tío Pedro, que en paz descanse, y de los consejos que le solía dar desde la banda en aquellos partidos primeros de su incipiente carrera deportiva, que jugaba con su pandilla en aquel campo de pena de detrás de su bloque. Con el tiempo, aquel fervor inicial se había terminado templando y el fútbol era ahora para él sólo una profesión, igual que otra cualquiera, a pesar de alguna que otra lágrima derramada de vez en cuando por un fracaso o una alegría inesperada. Sin embargo, en aquellos partidos juveniles, aquel deporte era para él nada más y nada menos que todo: sus ilusiones de muchacho, sus esperanzas de gloria y triunfo estaban puestas en una carrera por la banda de un carrilero, un centro medido a la cabeza de un punta o en una parada que le hacía volar alto, muy alto, para alejar el peligro envenenado en forma de gol.
El portero es un tipo raro por definición. Solo, siempre solo, otea el peligro antes que los demás; de ahí sus dotes de mando, sus malas formas y, en ocasiones, sus locuras. Existe una psicología del portero, de sus manías y también de su carácter. Hay quien dice que se es portero toda la vida, que nunca se cansa uno de querer rechazar balones envenenados a la base del poste, pero eso a Joaquín le parecían tonterías de literatos.
Él era portero porque le gustaba y no, como dicen otros, porque no supiera jugar con los pies. Al revés: él disfrutaba sacando el balón jugado de su terreno con varios recortes o lanzando como nadie una falta al borde del área enemiga. No, no era por eso: él era portero porque siempre había querido serlo, así, sin más, desde aquellas tardes bañadas de sol en que su tío Pedro le gritaba desde la banda cómo debía colocarse o enviar un balón con peligro al delantero, a quien casi siempre se llevaba los aplausos. Quizás era portero por el recuerdo de aquellos tiempos felices pasados ya hacía mucho tiempo, en un intento vano de volverlos a vivir en cada parada.
Luego vendrían los primeros fichajes: aquellos equipos modestos de Regional Preferente, con campos de tierra que tantas heridas le producían en codos y rodillas, luego equipos de Segunda División B, de Segunda A, y luego el salto a Primera, el reconocimiento unánime del mundo del fútbol tras algún título importante..., y la selección nacional. Una carrera triunfante en poco tiempo, un salto hacia arriba, sin caída posterior, que aún duraba y que no había sabido asimilar del todo (periodistas, flashes de cámara, chicas gritando su nombre como si fuera una estrella del cine o de la música..., demasiado jaleo para un chaval de pueblo con veinte años recién vividos).
Y allí estaba, en aquel partido decisivo de cuartos de final del Campeonato del Mundo de Fútbol que enfrentaba a España contra Japón, el equipo que había dado la sorpresa en aquel campeonato. Sus sueños de chaval se veían por fin cumplidos. Por fin estaba en el puesto de su ídolo: Arconada. Tras haber estado la primera fase del campeonato sin jugar por una lesión, debía ahora demostrar su valía y convertirse en uno de los héroes de aquel partido que, según la historia ya larga de los mundiales, debía perder España para no defraudar a la señora Estadística. Luego vendrían los lamentos de siempre (el ya famoso “jugamos como nunca y perdimos como siempre”, las sempiternas quejas por las actuaciones arbitrales, o por la candidez en la tanda de desempate, o por la falta de resolución, de fe y de ambición en los momentos adecuados, o por todo eso juntamente) pero él había saltado al campo dispuesto a parar todo lo que aquellas botas niponas estuvieran dispuestas a arrojarle y a olvidarse de que la selección no pasaba a las semifinales de un campeonato del mundo desde el de Brasil en 1.950 (y de todo lo que había llovido desde entonces).
Así que midió varias veces la portería que debía defender según un largo y estudiado rito que seguía religiosamente desde niño, se juramentó evitar por todos sus medios la sonrisa amarilla del contrario tras el más que probable gol y, cuando estaba ya tranquilo y había logrado apaciguar los saltos de su corazón desbocado, el pitido de inicio del partido le trajo a la memoria –sin haberlo pretendido en absoluto- la imagen de su tío Pedro en la banda, gritándole para que no se durmiera en los contraataques o criticándolo por un fallo en una salida, y ninguna de las veinte cámaras de alta resolución digital que retransmitían el partido para todo el mundo y desde todos los ángulos imaginables pudo captar una lágrima furtiva que escapó entonces de sus ojos húmedos y llenos de nostalgia.
*
El partido transcurría sin goles cuando, en una jugada absurda (una cesión tonta de un defensa) Joaquín debió cometer penalti sobre la estrella del equipo japonés, que ya escapaba rauda hacia la gloria. De pronto se le vino el mundo encima. Imaginaba la historia de siempre, la de las maletas antes de tiempo, el aeropuerto, los periodistas (que exigen todo de unos hombres que poco menos que deben salvar el honor nacional) criticándolo por la jugada... No había pecho suficiente para un corazón tan alocado como el suyo. Al otro lado del área pequeña esperaba ya la sonrisa amarilla para convertirse en carcajada, eso si él no lo impedía. Y se sintió solo, arropado por un país entero (con una larga historia de fracasos en la Historia y en el fútbol) que detrás de él quería ocupar el vacío sin aire de la portería, pero solo como ningún otro hombre en el mundo en ese momento.
Cuando salió despedido el balón, un resorte lo empujó hacia la izquierda, el sitio hacia el que siempre cree el que lanza el penalti que no se va a lanzar el portero, o al menos eso era lo que él creía. Y acertó, porque tuvo apenas tiempo de ver que el balón se le echaba encima, le daba en el costado derecho con una fuerza inusitada y se colaba en el interior de la portería, sin que una mano tardíamente levantada pudiera evitar la catástrofe. En ese momento, varios satélites de telecomunicaciones llevaban el horror a las casas de millones de españoles.
Más tarde, cuando Camacho metió los dos goles que dieron el pase a la semifinal destrozando la estadística, mientras se retiraba a los vestuarios unos metros más atrás del resto de jugadores de la selección, el portero pensó que los periódicos del día siguiente no dirían jamás que el fútbol sólo es un deporte, ni que es muy azaroso, ni que el honor o la gloria de un país no se mide por un pelotazo o por una parada, y se dijo que, por tanto, mentirían como bellacos, porque ésa era la pura verdad, y que lo más cierto de todo –algo que no recogerían nunca los gacetilleros- era que, en ese momento, le importaba un pimiento el nombre de aquel mal árbitro que nos mandó de vuelta a casa en aquel mundial de imágenes en blanco y negro, el nombre del niño que sacó la bolita que impidió el acceso de la selección a un campeonato ya olvidado, en una época en que no habían inventado aún la tanda de penaltis para resolver los empates, e incluso le importó una mierda qué dirían los titulares de prensa el día siguiente al partido de semifinales contra Italia, en el que habrían de solventarse viejas afrentas todavía vivas en la memoria. Porque para entonces el recuerdo de su tío Pedro ya le había anudado la garganta y supo que había vencido para siempre a la soledad del fracaso y que –sin ninguna duda- pasarían a la final, en la que, por supuesto, tendrían que enfrentarse a Brasil. Aquél era el partido, su partido, y sabía que a su tío, esta vez, no podía defraudarlo.
La muerte tuvo un son metálico
de polvo y de sangres, de quiebra
de largos trenes desvencijados.
No conoció odios ni caricias últimas,
ni afán mundano alguno.
La muerte, cuando llega,
debiera ser sonido de jarcias
de barcos de piratas enmohecidos,
descanso de guerreros durmientes
con familia al pie del sepulcro,
rumor sin sonido de mar de fondo
y de cementerio de nombres que fueron.
¿Conoce ella de los sueños
de los hombres, de los muertos futuros
que nos oxidamos miserablemente?
La muerte, de ser, debe ser óxido,
crujido final de cama avejentada,
lenta corrosión del ser en el tiempo,
y nunca fruto amargo del odio impío,
de la locura, de lo inhumano.
Madrid, once de marzo de dos mil cuatro:
Nunca olvidaremos
la vida que nos quitaron,
la vida perdida para siempre
en esa fecha.
de Guillermo Carnero
"
Si hay veinte
millones de españoles dispuestos a presenciar un partido de
fútbol, y sólo unos cuantos miles a comprar un libro de poesía,
estamos sin duda en una sociedad enferma a la que le falta el
mínimo de sensibilidad y sentido común. Cualquier persona
que los tenga pensará, en mi opinión, lo mismo que aquel
mandarín que, según cuenta Ernest Gombrich, presenció por
primera vez, en 1902 y en los jardines de la embajada británica
en Pekín, un partido de tenis, e hizo el siguiente comentario:
“Suponiendo que exista alguna oscura razón, que no acierto a
imaginar, para llevar esa pelota de un lado a otro, no
comprendo cómo actividad tan irrelevante no se encomienda
a los criados”.
Pero resulta que los criados se han convertido en nuestra
aristocracia, y no es la primera vez.
"
De la Conferencia "Una Poética Innecesaria", en la Fundación Juan March.